Fulgor del Tarangu

 

Melchor Fernández Díaz
Martes, 5 de septiembre de 1995 - La nueva España
Homenaje al mejor ciclista asturiano
(El Giro, el Tour y una tarde de gloria en el Naranco)

Detuvimos el coche en el que seguíamos el Giro al lado de un veterano espectador, que aguardaba el paso de los corredores enarbolando una de esas pequeñas pancartas unipersonales a que tan aficionados son los italianos. En el cartón había pintadas dos uves entrelazadas (apócope de “viva”) y, bajo ellas, el nombre de Fuente. Le pregunté al viejo “tifoso” por qué le gustaba el Tarangu. Me respondió con énfasis: “Porque lo sucho es el ciclismo de verdad: dos ruedas y coraje. Ataca siempre”.

Puedo asegurar que en aquel Giro lo hizo hasta el final, pues incluso en la última etapa, en la que siempre está prohibido que pase nada, lanzó una larga escapada en solitario, como si quisiera dejar constancia de que no hay épica sin rebeldía.

El día negro de San Remo

La rebeldía se ejerce siempre contra el destino y el destino llevaba por encontes el nombre de Eddy Merckx. Nunca como en aquel Giro del 74. Fuente había estado tan cerca de conseguir lo que hasta entonces era una quimera para cualquier ciclista: derrotar al monstruo. El Tarangu había comenzado la carrera de forma avasalladora, conquistando la maglia rosa en dos etapas de montaña y defendiéndola en una contra reloj. Pendiente del paso por los Dolomitas, Merckx estaba derrotado. Pero entonces sobrevino la “pájara de San Remo”. Fuente se hundió y perdió no sólo el primer puesto, sino incluso la opción al podio, que ya había conocido dos años antes. “Fue un accidente laboral”, me diría días después. “Me quedé sin gasolina, porque no podía dar pedales, pero los otros iban tan muertos que sólo me sacaron unos cuantos minutos, en vez de dejarme fuera de control”. Hubieron de pasar muchos años para que trascendiera algo más. El ataque fatal de aquella etapa dantesca, bajo la lluvia y el frío, lo habría lanzado el propio Fuente al ver en graves dificultades a Merckx, y se habría vuelto con él mismo.

Pero Fuente no se rindió con aquel tremendo revés. Tuve la suerte de ser testigo de su ofensiva en los Dolomistas, en los que no sólo recuperó casi cinco minutos a Merckx sino que ganó tres etapas y entregó otra a Lazcano, con quien cruzó, cogido de la mano, la meta de Iseo. En el Lavadero se vació y estuvo a punto de destrozar a Merckx sino que ganó tres etapas y entregó otra a Lazcano, con quien cruzó, cogido de la mano, la meta de Iseo. En el Lavadero se vació y estuvo a punto de destrozar a Merckx en beneficio de Baronchelli, pero el belga guardó energías para los últimos metros y gracias a un desesperado sprint pudo conservar la maglia por 12 segundos, que mantuvo hasta Milán.

Unos pocos periodistas seguimos a Fuente después de que hubiera traspasado la meta. Se bajó de la bici cerca de una cabaña de piedra y, apoyado contra el muro, se fue despojando de la ropa. Cuando se quitó la camiseta de lana que llevaba bajo el maillot, la condensación hizo que le brotara del pecho una vaharada de vapor. Jadeaba profundamente, como quien se ha entregado hasta el último aliento, y permaneció así varios minutos, sin que nadie osara preguntar nada. Aquel largo y respetuoso silencio ante el vencedor/derrotado, que siempre recordaré por su emocionante intensidad, fue seguramente uno de los mejores homenajes que recibió Fuente.

Al día siguiente, última etapa alpina, Fuente y el Kas atacaron desde la salida, pero Merckx resistió hasta la subida del Grapa, donde Fuente atacó cuatro veces hasta que logró escapar. Por un momento el milagro pareció posible sobre aquella pista de tierra, una de las muchas rutas que cruzan el macizo. Fuente coronó en cabeza, pero el grupo de Merckx le alcanzó en el descenso y el belga ganó al sprint en el velódromo de Bassano del Grappa. Profundamente decepcionado y creyendo que el laberinto de carreteras había hecho posible algún fraude, Fuente comentaba en la “pelousse”: “El año que viene vengo en moto”.

En el Tour de Ocaña

Pero no habría más oportunidades, porque el año 75 supondría el principio del fin, como para hacer buena la teoría, sostenida por algunos, de que el Tarangu, como los manzanales, era vecero y que daba buena cosecha los años pares y escasa los impares. El Tour del 75 dejó fuera de combate a Fuente en la segunda etapa, accidente que advirtió de forma clamorosa que algo pasaba en su organismo. Dos años antes, en el 73, Fuente había vivido en las carreteras francesas una íntima decepción, al quedar tercero tras el mejor Ocaña y un Thevenet que habría de ganar dos Tours. En perspectiva, ese puesto es un gran éxito, pero el hiperresponsable Tarangu siempre se exigió lo máximo y luchó por ello. En un hotel de los Pirineos su director de entonces, Antonio Barrutia, me confesaba la admiración que le producía aquel corredor que muchos tenían ante todo – o sólo- por un escalador valiente y que el valoraba también como un profesional meticuloso y con el que se podían hacer planes, porque nunca se echaba atrás y, con fuerzas o sin ellas, atacaba donde se había previsto.

La gloria del Naranco

Asturias no es tierra luminosa, si se entiende por ello la luz intensa, plana y cegadora. Pero es enormemente rica en luces. La más hermosa es un intenso fulgor verde que surge de los prados húmedos bajo la negrura de un cielo aborrascado. Evaristo Valle lo ha pintado insuperablemente. Para conseguir ese efecto utilizó en sus cuadros ligeros toques amarillos entre pinceladas verdes. Pues bien, así se compuso la escena más hermosa que haya vivido el ciclismo asturiano, aquel día de mayo de 1974, no bajo las nubes cargadas de agua, sino dentro de ellas mismas. En el maillot de Fuente – líder de la Vuelta a España – quizá fuera difícil distinguir el amarillo bajo el barro, pero ese color, que es el del triunfo, ardía gozosamente en la retina de quienes deseaban verle donde al fin lo encontraban sólo en cabeza, subiendo con una fuerza incontenible que se alimentaba de la clase sin duda, pero también de la rabia. Aquel día Asturias, la ciclista Asturias, generosa admiradora de héroes ajenos, se encontró con el corredor que siempre había deseado tener. Y, para que el simbolismo fuera definitivo, lo hizo en una cumbre la del Naranco.

Grande entre los grandes

La carrera profesional de José Manuel Fuente fue breve pero intensa y sus éxitos -dos vueltas a España, una Vuelta a Suiza, un segundo puesto en el Giro, un tercero en el Tour y varios premios de la Montaña, entre otros – tuvieron el mérito de contrastarse con una generación de grandes ciclistas, entre ellos Eddy Merckx, que sobre ser considerado el mejor de todos los tiempos, fue a la vez el más ambicioso. Con el campeón belga aparece El Tarangu al final de una etapa del Giro de 1974, en el que le hubiera derrotado de no haberse producido la famosa “pájara” de San Remo. Debajo, Fuente, con Ocaña y Thevenet, que le precedieron, por ese orden en el Tour de 1973. A la izquierda, el día más glorioso de Fuente: el triunfo en la cima del Naranco, en Oviedo, en la Vuelta a España de 1974, la segunda que ganaría. Fuente explicaría luego que levantó la pierna izquierda al cruzar la meta como homenaje al doctor Capdevila, que durante el invierno anterior le había operado de unas varices que disminuían su rendimiento.

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