La última subida
Luto por el mejor ciclista asturiano

 

La nueva España Viernes 19 de Julio de 1996

Fue como un fulgor. Breve, deslumbrante, inclasificable. Y, sobre todo, inolvidable. En apenas cinco años como profesional logró más que ningún ciclista asturiano anterior o posterior a él; no sólo triunfos o grandes clasificaciones en las pruebas más importantes del mundo, sino un respeto y una consideración que con el paso del tiempo se han convertido en admiración sin excepciones. Muchos sabían que había sido un ciclista extraordinario, pero fue preciso que vinieran Merckx, Hinault, Gimondi y Thevenet a sumarse a su homenaje – en Oviedo, el año pasado – para que quienes conservaban reticencias renunciaran finalmente a ellas, justamente cuando él ya se había metido en la escapada que, siendo la definitiva, no era, por desgracia, la buena.

José Manuel Fuente Lavandera, el “Tarangu” fue en esos cinco años de su carrera como ciclista profesional uno de los mejores corredores del mundo, en una época en la que reinaba Merckx y Ocaña intentaba destronarlo. El fue capaz de meter una cuña entre ambos y esa hazaña basta para empezar a comprender la verdadera dimensión de su mérito, porque lo tuvo todo en contra, hasta la suerte. Hace pocos días, el 11 de julio, se cumplieron los 25 años de la primera victoria de Fuente en el “Tour”, pero nadie habló de ella, salvo quizá en Asturias, porque ese mismo día la noticia fue que Ocaña, maillot amarillo y casi seguro ganador, había caído en la bajada del col de Mente y hubo de retirarse. Al día siguiente Fuente repitió triunfo en Superbagnères, ninguneado por la cámara de la televisión, que se obsesionó durante toda la etapa -una corta escalada en línea- en mostrar la imagen circunspecta de Merckx, que se había negado a vestir un maillot amarillo no ganado por méritos propios sino por la desgracia de otro. Digo la cámara, porque sólo había una sobre una moto. Las transmisiones eran, escasas, cortas y, desde luego, en blanco y negro. Fuente, que fue un grandísimo escalador y, en consecuencia, un ciclista enormemente espectacular apenas se benefició del poder mediático que años después instalaría al ciclismo y a los ciclistas en el zenith de la popularidad.

El Eddy Merckx de aquellos tiempos era como un monarca medieval, implacable e insaciable, que combatía por sí mismo al frente de un ejército poderoso. Más que respeto, inspiraba terror a sus rivales. A Fuente, no. Llegó y le retó. Las montañas de Italia vivieron duelos memorables, en los que el Tarangu logró grandes éxitos parciales, aunque se le negara el total y definitivo. Lo tuvo muy cerca en el Giro del 74, del que se tiende a recordar la “pájara” de San Remo, pero no las cinco etapas ganadas por el asturiano, mas otra regalada a su compañero Lazcano. Los aficionados italianos pusieron a Fuente en el altar que no habían alcanzado a merecer sus pusilánimes compatriotas. Los asturianos, que apenas tuvieron la oportunidad de verle de cerca en su época de esplendor, porque en esos años las grandes competiciones marginaban a Asturias, dispusieron como compensación del destino, de la ocasión de participar con él en su triunfo más memorable: el final de etapa en la cima del Naranco durante la Vuelta a España del 74, la segunda que ganaría Fuente. Aquella tarde de lluvia y niebla ya está en la leyenda.

Yo tuve la suerte de ver aquella apoteosis, como también la de asistir a varios de sus triunfos en el Giro y al intento de desbancar a Ocaña en el Tour del 73. Fuente en alta competición era todo un carácter, a menudo nada fácil. Pero cuando uno llegaba a conocerle bien, se daba cuenta que la erizada coraza de silencios, reproches y susceptibilidades que exhibía ante los demás en esos días de máxima tensión pretendía ante todo poner a resguardo un enorme sentido de la responsabilidad: el de quien tenía presente en todo momento que se debía a un equipo, una afición y a su propia autoestima. Fuente nunca perdió una batalla por no haberla dado. Pudieron criticarle muchas cosas – bastantes veces sin razón -, pero no que no atacara cuando estaba previsto o se presentara la oportunidad de hacerlo.

Siempre había querido ser ciclista. Cuando saltó a la fama en el Giro del 71, los periodistas comenzaron a peregrinar a Limanes para saber algo de aquel personaje, hasta entonces desconocido salvo para quienes frecuentaban el ciclismo modesto. Jesús su padre, siempre afable, enseñaba la casa, vieja y antigua – un ejemplar puro de casa mariñana - y en ella, la espartana habitación de José Manuel, con las paredes cubiertas hasta el techo por recorte de periódicos y revistas en los que pedaleaban sus ídolos.

Un día decidió que, además de admirarlos, quería llegar a ser como ellos y desde entonces luchó por conseguirlo. Lo hizo con la tozuda determinación de un temperamento difícil de doblegar. Su aprendizaje fue largo y duro. Incluso llegó a hacer del trabajo con el que se ganaba la vida un complemento de su actividad de ciclista aficionado, como cuando se empleó como repartidor de butano para ganar potencia y resistencia subiendo bombonas hasta los pisos altos. Por eso, en el momento en que, aunque más tarde de los habitual, le dieron la oportunidad de hacerse profesional, no la desaprovechó.

Su amigo y rival Luis Balagué, siempre cáustico y agudo, le definió alguna vez diciendo que “el Tarangu dentro del pelotón era uno más, pero diez metros por delante era el mejor del mundo”. Hace falta mucha fuerza, pero también mucho coraje y mucho espíritu de sacrificio para ser un gran escalador. José Manuel lo demostró siempre. También, quizá más que nunca, en la tremenda subida, la última que culminó ayer.

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